Antonio Dechent: “Una cosa es ser actor y otra ser famoso”
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Antonio Dechent en su local de Triana, Sevilla.
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Eran las 12:15, algo más tarde de
la hora prevista cuando el reconocido actor, Antonio Dechent, se presentó en
“El Ronquillo”, bar trianero que suele frecuentar. En realidad, es el barrio
sevillano de Triana entero el que tiene enamorado al entrevistado. Sin embargo,
no era el “El Ronquillo” el lugar donde se desarrollaría la entrevista, sino un
pequeño local que Dechent tiene justo al lado. Se refirió a él como
“desordenado y destartalado”, pero era, sin duda, un pequeño tesoro cultural
escondido que sugiere el lugar propicio por su intimidad para que el actor
ensaye sus papeles. Cientos de libros se amontonaban en los estantes que
cubrían las blancas paredes.
Un sofá y un sillón separados por
una baja mesa alargada de salón cuyo cristal guardaba tiernas fotografías
familiares. Era el escenario perfecto para dar comienzo a la entrevista. Pese a ser ya una pequeña
estrella entre los suyos desde niño, Dechent no tiene conciencia de la
interpretación como profesión hasta que se dedicó a ella. No obstante, su
interés hacia este mundo viene de muchos años atrás, “yo estudié en los “Padres
Blancos” y había un reverendo Padre, Isaac, que fue el que me inoculó el veneno
del teatro. Este hombre me subió al escenario con 13 o 14 años y ya no me bajé
nunca”.
El célebre actor mencionó que
antes de zambullirse de lleno en lo que realmente quería ser, estudió
Psicología. Confesó que su interés hacia esta rama era nulo, estudiándola
posiblemente por reflejo de alguien a quien él admiraba. Quizás fue
precisamente su madera vocacional lo que permitió que el intérprete contara con
el completo apoyo de su familia. “Dirían, ‘el niño ha encontrado su camino, no
está por las calles’”, agregó entre risas. Nada más acabar de estudiar en el
Instituto del Teatro -donde se dio cuenta de que realmente ese mundo era el
suyo, descubriendo que había gente igual de loca que él en el sentido teatral
del término- entró por la puerta grande. “En junio, rodé una película con Juan
Sebastián Bollaín, que se llamaba ‘Las dos orillas’. En septiembre estaba de protagonista en el
Teatro Español, y en noviembre estaba rodando ‘El Lute’”.
“Hay papeles que solo leyéndolos
ya sabes por donde van, normalmente porque están mal escritos, por lo que no
hacía falta interiorizar nada. Hay veces que no merece la pena ponerle más
pasión ni buscar mucho en el personaje”. No obstante, cuando le tocan
personajes interesantes y bien escritos, depende de la cercanía de estos con
respecto a su persona. “Si se acerca mucho a mí tampoco hay muchos problemas.
Si se diferencia, tengo que encontrar dentro de mí qué es lo que tiene esa
persona, ese asesino o ese canalla, corrupto… o llámalo x, qué es lo que tengo
yo de todo eso para poder llegar ahí. Eso a nivel audiovisual, y después a
nivel teatral, pues igual. Si es una obra contemporánea de un chaval que cuenta
cosas actuales, tampoco hay mucho dónde ahondar, bibliográficamente me refiero.
Si estamos hablando de palabras mayores, como pueden ser Shakespeare o
Valle-Inclán, ahí sí hago normalmente una labor de zapa, buscando casi todo lo
que encuentre sobre ese personaje, sobre esa obra, sobre qué han escrito los
eruditos, porque siempre hay algo que te da una clave que no sabías. Pero casi
todo está en el guion o en el texto”.
Tras tirar las últimas colillas
del cigarro en el cenicero que había sobre la mesa, Antonio Dechent se dispuso
a encender el siguiente mientras comenzaba a hacer una verdadera apología sobre
la pasión del amor, sentimiento que, según él, tuvo que recuperar para poder
interpretar “La voz humana”, obra de Jean Cocteau. Era la primera vez que se
realizaba este monólogo de la voz de un hombre desde una perspectiva
heterosexual. Un reto que, no cabe duda,
acabó en un rotundo éxito, pues el actor consiguió conmover a todo su público.
“Tuve que recuperar esos sentimientos de ‘se acaba el mundo’, ‘no me quiere’.
De lo hondo tuve que sacar por un lado, miserias, y por otro, ese optimismo y
pesimismo a la vez, que te da el estar enamorado”. Añadió también que aunque es
un papel que está retirado de los que interpreta normalmente, se sentía cercano
a él, pues, en realidad, nadie está alejado del amor. Por otra parte, fue un
personaje que lo reconcilió bastante, tanto con él mismo como con la profesión,
en el sentido de que fue un trabajo potente y de investigación.
“La voz humana” ha sido uno de
los trabajos con los que Dechent ha quedado más contento, pues se ha esforzado
en trabajarlo desde la base. De hecho, el actor afirma que son los papeles
difíciles de los que se siente más orgulloso, pues son los que suponen un mayor
reto. “Hay otros papeles que me han dado, como dirían en el siglo de Oro, “fama
y fortuna”, pero a lo mejor no son con los que más satisfecho estoy yo”. El
hecho de meterse en la piel del general Queipo de Llano, ha provocado que este
trabajo, también de investigación, se encuentre del mismo modo en la lista de
sus papeles favoritos. En el ámbito del cine también se queda casi con sus
últimos trabajos (pues actualmente acaba de terminar de rodar dos o tres
películas), como “A puerta fría”, papel que le ha llenado profesionalmente
bastante.
Sin duda, la televisión es el
medio que menos gracia le hace a Dechent, pues en cuanto se le preguntó qué era
lo que le faltaba y le sobraba, lanzó una muy contundente crítica. “A la
televisión le falta el creer que el espectador es inteligente. Es el gran
negocio del siglo, está muy mal cuidada. Creo que no aportan el dinero
suficiente para que se hagan productos de calidad. Ni siquiera les interesa
mucho cuidarlos porque con lo que tienen ya venden”.
Antonio Dechent continuó en su
línea crítica cuando afirmó que desde siempre la belleza pesa más que la
calidad a la hora de elegir un actor para una obra. “Una cosa es ser actor y
otra cosa es ser famoso”, ha querido recalcar. “Supongo que prima lo de
siempre, la belleza. Hay mucho intrusismo, hay muchos chicos guapos que se
dedican a esto porque son guapos y, de pronto, dicen que son actores y
actrices. Hay gente a la que le ha ido muy bien, han aprendido y encima son
buenos en la profesión, pero la gran mayoría son flor de un lustro”.
La impresión que deja es la de un
hombre humilde y, sobre todo, auténtico que se conforma con vivir y disfrutar
de lo que hace: interpretar. Son aspectos muy valorables cuando se tiene en
cuenta el mundo al que se dedica, donde, como él mismo había afirmado, la
persecución de la fama prima por encima de todo.



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